La víspera
En el
exterior, el pasillo antes quieto y silencioso se llenó de murmullos, risas y
palabras alegres, de personas emocionadas ante la idea de un nuevo comienzo. Al
interior de la habitación, recostado sobre la fría camilla, un hombre cerró los
ojos con fuerza y por primera vez, comenzó a pedir 12 deseos, no tenía uvas, de
hecho, no podría comerlas incluso si las tuviera, pero, ¿no era la voluntad de
su corazón lo suficientemente grande como para omitir esa parte del ritual?
Siempre
había odiado las festividades, en especial navidad y año nuevo, le parecían
épocas enormemente solitarias y ni una vez en su vida había presenciado ni un
poco de la magia navideña que todo el mundo juraba haber vivido en carne
propia. Aun así, le pasó por la cabeza la idea de que todos esos años hubiera
desperdiciado la oportunidad de ver sus deseos cumplidos. Si hacia la cuenta,
doce deseos de año nuevo a lo largo de sus 64 años de vida, daba un total de
768 oportunidades perdidas, si las matemáticas no le fallaban.
Lo
agregó a su lista de infortunios- le gustaba enlistar los diferentes aspectos
de su vida- Cuando era joven, escribió una lista de cosas por hacer antes de
morir, la cual conservaba hasta la actualidad y que no tendría tachadas más de tres
cosas. Claro estaba, que muchos de sus propósitos en ese entonces no eran más
que niñerías demasiado idealistas para alguien como él, es decir, alguien
joven, con poca experiencia y por supuesto, sin dinero.
-Buenas
noches- pronunció una voz femenina, interrumpiendo sus pensamientos- vine a
cambiar tus vendajes, no puedes recibir el año que viene con vendas manchadas,
¿no crees? - él se limitó a asentir con la cabeza, como lo hacía normalmente
- ¿Tienes
frío?, ¿quieres que consiga algo más abrigador para ti? -
-Estoy
bien- dijo empleando toda la energía que poseía
La
enfermera le dio unas palmadas en el hombro y salió de la habitación en
silencio
El
solo hecho de hablar o moverse le dejaba agotado, pero las charlas consigo
mismo no requerían de mucho esfuerzo y eran lo que le ayudaba a ignorar el
dolor.
Así
que, pensó una vez más en su vida, en todo lo que había sido y, sobre todo, en
lo que no; en lo que pudo ser de haber contado con un poco más de suerte, o de
haber tomado decisiones muy diferentes a las que tomó. No era su vida lo que
ahora le hacía sentir molesto, era el hecho de que al borde de la muerte
parecía que podía ver todo desde un ángulo diferente y eso le pareció injusto,
porque, ¿de qué le servía ser sabio ahora que no podía si quiera moverse sin
comenzar a hiperventilar? Pensó en maldecir a Dios, pero se detuvo, le pareció
una mejor idea mantenerse en buenos términos con él. No valía la pena arruinar
toda una vida de represión y sacrificios para agradarle, por un berrinche de
moribundo.
Pero
si tenía que ser verdaderamente honesto, era eso lo que le molestaba en
especial: haber sido demasiado bueno, demasiado recto y, por tanto, demasiado
cobarde. Le molestaba no haber tenido la fuerza para rebelarse, para procurar
su placer, su felicidad, incluso si esta era temporal. Nunca levantó la voz, ni
miró a los o
jos de sus mayores, nunca se atrevió a ambicionar algo para sí y
evitó todo enfrentamiento, aunque eso implicara jamás defenderse.
Las
risas al exterior se hacían cada vez más fuertes y efusivas, pensó en sus
últimos deseos: que se le permitiera una nueva oportunidad, una donde pudiera
pertenecer a la otra parte, a quienes no eran como él, a los egoístas que viven
sin medida; a los de semblante satisfecho. Pensó en que ser perdonado por
aquellos a quienes había lastimado era tal vez, su más grande deseo, pero se
abstuvo de pedirlo al notar que el perdón era una de las tantas ventajas que la
muerte traía consigo. Y, sin embargo, estaba solo; en la víspera de año nuevo
no había una sola persona a su alrededor, nadie acompañaría su dolor, nadie
sería testigo de sus últimas palabras.
Inició
la cuenta regresiva, el dolor se hizo cada vez más agudo, insoportable, los
pulmones fueron los primeros en abandonarlo, después su corazón. Aquella escena
convulsionante y lamentable, fue presenciada únicamente por los médicos y
enfermeras que sin éxito intentaron reanimarlo. El reloj marcó las doce, un
final y un nuevo inicio tenían lugar en el mismo instante.
