Luna de hiel

Ni siquiera el más vívido de los sueños podría compararse a la pesadilla que vivimos, o mejor dicho, aquella en la que morimos; ninguna de las palabras existentes en el mundo es suficiente para describir el horror de la realidad, una realidad que irrumpió de forma súbita y cruel, desgarrando en un instante toda aquella masa de vida formada a través de millones de años. En noches anteriores, hipnotizada por el esplendor de una luna llena, jamás habría imaginado que toda aquella belleza sería capaz de irradiar un poder tan destructivo.

La noche de aquel lunes 28 revelaba su particularidad en cada detalle: el cielo sin nubes, tatuado de estrellas, el tenue viento que difundía consigo el aroma del pan recién horneado en toda la plaza principal, el crujir de las hojas secas bajo los pies de los transeuntes. Todo parecía haber sido dispuesto a la perfección, quizá no sería más que una complaciente casualidad o, quizá, capricho de (algún) Dios. La luna brillaba sobre nuestras cabezas, coronando aquel lienzo negro, negro e infinito. 

Me era imposible apartar la mirada de ella, en parte por su descomunal fulgor y sobre todo, por su inusual tamaño; el sentimiento que en un principio era admiración se tornó en temor, al descubrir que el tamaño de la luna, ya de por si lo suficientemente grande para considerarse anormal aumentaba más y más a la vista de todos. Una vez más, el sentir común cambió de temor a terror al ser testigos de un fenómeno sin precedentes. Aquel cuerpo celeste parecía temblar, moviéndose de un lado a otro con una rapidez impresionante y también, alarmante, acercándose más y más. 

Entre la multitud de la que era parte, se comenzaron a escuchar todo tipo de comentarios, todos ellos cargados de horror ante lo desconocido, Algunos se tomaban de las manos mientras pronunciaban plegarias dirigidas a las deidades, esperando que su compasión fuera más grande que su cólera; algunos más pedían perdón, a los otros y a si mismos. sobre lo que había sido y también sobre lo que no. Por mi parte, me sentía sumida dentro de un sueño que no comprendía, observaba a mi alrededor, miraba mis propias manos, incrédula de que se tratara de una parte de mi cuerpo, dudando incluso de estar despierta. 

Tuve la impresión de que todo lo que mis ojos veían y mis oídos escuchaban, era parte de una de mis frecuentes pesadillas, pero no, esto era real. Las personas que corrían hacia todas direcciones eran reales, los padres que abrazaban a sus hijos fuertemente eran reales y yo, que me encontraba congelada en el mismo sitio, era real.  El satélite que estaba probablemente a segundos de estrellarse contra la tierra, era real, más real de lo que nunca había sido. Abrí los ojos lo más posible, quería presenciarlo todo, grabar cada detalle aunque fuera a desvanecerse de inmediato. Sucedió. Presencié el impacto a kilometros de donde me encontraba, ví casas, edificios, puentes y todo aquello que hasta hace un instante era parte de una ciudad, desmoronarse y aquellas migajas volar por los cielos, arrasando con todo. 

-Con que es así como termina- me dije y esperé escuchar el estruendo final, pero no llegó, todo se volvió silencioso, ni aves, ni gritos, ni llanto, ni siquiera el latido de mi corazón desenfrenado. Absoluto y total silencio y en un momento, todo se volvió negro, negro e infinito. 



 

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