Metrópoli

Una empinada calle abre paso a la entrada del barrio, donde un arco de concreto con letras que alguna vez fueron azules, da la bienvenida al lugar. Envolturas de alimentos, botellas de plástico y latas de conserva vacías ruedan y revolotean a la voluntad del viento. Perros, ratas y hombres hurgan en los montones de basura que coronan las esquinas de la avenida.

Una mirada hostil, el sonido de un lamento y el reconfortante ensordecimiento del aguardiente habitan aquí. Los niños casi huérfanos se reúnen en la plaza principal; sus rostros tostados de sol parecen satisfechos, ignoran el dolor y el abandono. El juego es su único olvido.

Manos temblorosas cuentan los únicos pesos reunidos tras un interminable día de trabajo. La espalda dolorida, los pies hinchados, las venas que arden y el estómago vacío reclaman el sueño, la muerte temporal.

En la casa de a lado, un cuerpo se impacta contra el suelo, el olor ferroso de la sangre se percibe en el aire denso; la carne abierta se estremece ante cada golpe, cada patada. Moretones multicolor manchan el rostro cubierto de lágrimas, de su nariz brota transparente mucosidad.

La grotesca voz del agresor no cesa, salvo un constante e infernal zumbido, ella no es capaz de escuchar nada más. “Levántate”, le grita, ella obedece, con débiles extremidades se pone en pie, maldiciendo sus propias fuerzas, implorando el colapso final.



  

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