La estrecha relación entre Historiografía y Literatura

 


La Literatura y la Historiografía comparten mucho más de lo que se pudiera pensar, son, me atrevo a decir, hermanas. En el siguiente ensayo expongo algunos argumentos, tres en total, los cuales considero de gran peso para demostrar lo dicho anteriormente.


Introducción.

En el presente ensayo se analizará y reflexionará acerca de la relación entre historiografía y literatura. La Historiografía se puede definir como el estudio, análisis y escritura, en forma de discurso, sobre los hechos del pasado; mientras que literatura se puede entender como el “Conjunto de las obras artísticas compuestas por una persona o por los escritores de una época, una cultura, un género, etc” (DEM, s.f.). Dicha relación ha sido un tema de polémica desde que Hayden White la estudió meticulosamente. La polémica se debe, sobre todo, a que considerar la narrativa histórica como parte de la literatura puede ser vista como una “degradación” de la misma. Muchos esfuerzos de historiadores han sido en busca de dotar a la historiografía de los elementos propios de las ciencias naturales. Sin embargo, y a pesar de los esfuerzos, cabe resaltar que esta carece de un elemento de suma relevancia para ser considerada como una “ciencia”. Dicho elemento, pues; sería el de tener un propio sistema terminológico formal para describir sus objetos, tal como lo han hecho la física o química (White, 2003). 

Por ello, creo que la relación entre ambas es más estrecha, e incluso codependiente, de lo que algunos quieran aceptar en aras de querer ver a la historiografía más como una ciencia exacta, alejada, pues, de la literatura. A continuación se presentan los argumentos que sustentan mi tesis.

Desarrollo.

La búsqueda de la objetividad en la historiografía.

El historiador estaría, en su labor historiográfica, alejado del método científico propio de las ciencias exactas, por tanto, alejado de la objetividad. Cabe destacar saber cómo y qué es lo que el historiador busca, analiza e interpreta para su labor en el desarrollo de su discurso historiográfico.

La historia estaría siempre mediatizada por la técnica, es decir, por una forma de proceder en la investigación que se desplaza a través del límite inestable entre lo dado y lo creado, la naturaleza y la cultura, el documento y la construcción (De Certeau, s.f.; como se citó en Orellana, 2010, p. 112). 

De Certeau da cuenta de que el material analizado por el historiador son los objetos físicos, documentos, piedras, imágenes, entre otros. Los cuales se manipulan siguiendo ciertas reglas (Orellana, 2010). El historiador dependería de los archivos de su época como de las técnicas para la investigación de estos. El objeto de estudio, el pasado, es algo ausente, presente solo en los lugares de la memoria, los recuerdos y los documentos. Esta ausencia obliga al historiador a imaginar, interpretar; dicha acción sería uno de los elementos que relacionan más estrechamente ambas disciplinas.

Un elemento característico de las ciencias naturales y de su método científico es alejarse de la subjetividad, en busca de la objetividad. Este ha sido uno de los debates más grandes en la labor historiográfica, ya que esta labor debería perseguir la objetividad. Esta dialéctica es una de las discusiones a tener en cuenta cuando se estudia la relación entre historiografía y literatura. Sin embargo, es una “fantasía” creer que el historiador puede lograr la objetividad pura, sin rastro alguno de subjetividad. El contexto socio cultural nos moldea, consciente o inconscientemente, queramos o no. 

Foucault nos presenta dos concepciones muy relevantes, que no son incompatibles, pues están atravesadas por un plexo de relaciones: La primera es el anatomopoder, que se refiere a las formas de educar, disciplinar el cuerpo individual, de volverlo un cuerpo útil y dócil. La segunda, es la biopolítica, que remite a la manera como se emplean formas políticas de administración de la vida de una población. [...] Estos dos conjuntos de técnicas conforman lo que Foucault denomina: biopoder. Aquí, ambos conceptos operan medularmente para producir productividad, en el primer caso: en una persona, en el segundo: en toda la sociedad (Sossa Rojas, 2011, párr. 18).

"De este modo, el poder encuentra el núcleo mismo de los individuos, alcanza su cuerpo, se inserta en sus gestos, sus actitudes, sus discursos, su aprendizaje, su vida cotidiana, su sexualidad" (Sossa Rojas, 2011, párr. 22). Así pues, es difícil creer que el historiador, que antes de ser historiador, es ser humano, quien vive en un contexto socio cultural no decidido por él, estaría ausente de estos efectos que moldean a cada individuo, dotándolo de ideologías y puntos de vista que, muy probablemente, no da cuenta de ello y afectan directamente a su labor. 

Entonces, si la búsqueda de la objetividad no es algo realista y, por tanto, estrecha aún más la relación entre ambos campos: pretender la verdad universal es una idea ingenua. Si la historia busca representar la verdad, ¿la literatura, entonces, representa lo aparente, lo imaginario? La verdad histórica no es unívoca e inapelable, dado que es un entramado de subjetividades. La verdad es algo ausente, hay interpretaciones verdaderas para diferentes sujetos; por ello es que encontramos ensayos como “Historia de un error”, “Historicidad y deconstrucción”, “Historia y narración”, en Historia de la hermenéutica de Maurizio Ferraris, que rompen con los presupuestos históricos ligados a la validez, comprobación y desestimación que se aplican a la literatura basada en representaciones históricas (Jiménez, 2020, p. 209).

En el esfuerzo por conferir sentido al registro histórico, que es siempre fragmentario e incompleto, los historiadores tienen que hacer uso de lo que Collingwood llamó imaginación constructiva, la cual le señala al historiador —como le señala al detective competente cuál “habrá sido el caso”, dada la evidencia disponible y las propiedades formales que ésta le muestra a la conciencia capaz de formular las preguntas correctas (White, 2003, p. 112).

Entonces, la búsqueda de la objetividad se convierte en algo poco realista, más parece un autoengaño por parte de algunos. A pesar de los esfuerzos por alejarse de la subjetividad, esto es algo que, en mayor o menor medida, estará siempre presente ¿Esta subjetividad inevitable resta valor a la labor historiográfica? Me atrevo a decir que es totalmente lo contrario, puesto que pasaría a tener una función social de gran importancia, el historiador sería responsable de cómo cuenta lo acontecido, creando, de esta manera, un relato para contarle a la sociedad. Existen los hechos, por supuesto, y de esos hechos se desprenden las interpretaciones, el cómo y el por qué dependen del historiador, este, sería un escultor de la sociedad que lo rodea.

Los recursos literarios utilizados por la narrativa historiográfica.

Si bien se ha destacado que la búsqueda de la “verdad objetiva” es un caso de naturaleza muy complicada, incluso imposible. Otro punto relevante que hace más cercana dicha relación es el cómo la narrativa histórica hace uso de los recursos propios de la narrativa literaria para llenar de sentido y coherencia a sus discursos. 

Si los acontecimientos solo fueran ordenados cronológicamente sería la forma pura de la crónica, una crónica carente de sentido y significado. Las historias no son sólo los acontecimientos, sino también las relaciones entre ellos. Estas relaciones existen solo en la mente del historiador.   "Están presentes como modos de relaciones conceptualizadas en el mito, la fábula, el folklore, el conocimiento científico, la religión y el arte literario de la propia cultura del historiador" (White, 2003, p. 130). Es así que el discurso historiográfico hace uso de los tramados[1], propios de la literatura, por ejemplo, se pueden clasificar en: trágico, cómico, romántico o irónico.  Ningún acontecimiento histórico tiene una característica intrínseca, depende del contexto socio cultural y punto de vista del individuo dotarlo  de ello. Es así como el historiador al recrear estos acontecimientos en su relato histórico le da cierto "tono", dotando a su discurso de subjetividad y de carácter literario.

De esta manera, se creería que se le resta seriedad a la historiografía y su labor discursiva, pero considero que es todo lo contrario. Sencillo sería conocer al pie de la letra todo acontecimiento pasado con exactitud, el cual, en conjunto con otros generaría un relato crónico “objetivo”. Sin embargo, al ser esto algo inaccesible, toca al historiador buscar, analizar, interpretar, tramar y registrar este conjunto de documentos. El historiador trama su relato según el sentido y valor que quiera ofrecer a la sociedad; convirtiendo su labor en algo más relevante que solamente narrar.

Cuando el lector ha identificado el tipo de relato es cuando experimenta el efecto de los acontecimientos que han sido narrados. La incomprensibilidad del acontecimiento histórico cobra sentido una vez ha sido tramado, esto es una recodificación a algo más familiar y comprensible; busca refamiliarizar los acontecimientos ya olvidados. Además de refamiliarizar, aporta más información y muestra su desarrollo ajustándose a los tramados tomados por convención para dar sentido. No hay forma de saber si estos acontecimientos son tal cual los relató el historiador (White, 2003). A pesar de esto, y como ya se mencionó, la labor del historiador no se demerita, al contrario, al ser este un portador de significado cultural, interpreta y moldea el pasado según lo que desee aportar a la sociedad, lo cual engrandece su labor, importantísima para una sociedad.

Las narrativas históricas, además de ser acontecimientos pasados, son enunciados metafóricos entre dichos acontecimientos y los tramados usados para dar significado a los acontecimientos. White (2003) menciona que la narrativa histórica “[...] no es sólo una reproducción de los acontecimientos registrados en ella, sino también un complejo de símbolos que nos señala direcciones para encontrar un ícono de la estructura de esos acontecimientos en nuestra tradición literaria" (p. 120); y añade, “a pesar de los encomiables e indispensables esfuerzos por traer a la vida otro momento de la historia, para poseerla, una historia clarividente debería admitir que nunca escapa por completo a la naturaleza del mito” (p. 124).

Esta estructura permite ver al relato histórico como una metáfora extendida, como estructura simbólica, si bien no reproduce los hechos que describe, nos dice en qué dirección pensar acerca de los acontecimientos y carga nuestro pensamiento sobre los acontecimientos de diferentes valencias emocionales. La narrativa no refleja las cosas que señala, nos da imágenes de las cosas que indica, como lo hace la metáfora. Es decir, la narrativa histórica no debe ser leída como signos ambiguos de los hechos narrados, sino como una estructura simbólica, una metáfora, algo que nos de la idea de lo relatado y que uno está familiarizado gracias a la cultura literaria (White, 2003). 

Es así como el uso del tramado y lenguaje figurativo propios de las narrativas literarias son la base del discurso historiográfico. Además de estos elementos, se hace uso, dentro del tramado, la omisión, subordinación y énfasis de ciertos elementos en pro de lograr la meta del historiador según sus ideas e inclinaciones.  Solo se puede construir un relato histórico comprensible si se abandonan uno o varios elementos de hechos pasados. Así, los relatos y estructuras son determinados más por lo excluido que por lo incluido (White, 2003). Dicho de otro modo, el historiador decidirá qué destacar y qué subordinar e, inclusive, qué omitir; todo ello dependerá de sus intenciones, de su objetivo y de su ideología; de este modo es que el discurso será construido.

White (2003), menciona sobre Lévi-Strauss, en un ensayo sobre la naturaleza mítica de la historiografía, comenta el asombro que un visitante de otro planeta sentiría si le presentaran las miles de historias escritas acerca de la Revolución francesa.  

Porque en esos trabajos, los autores no siempre hacen uso de los mismos incidentes; cuando lo hacen, los incidentes son revelados bajo una luz diferente. Y, aun así, éstas son variaciones que tienen que ver con el mismo país, el mismo período y los mismos acontecimientos, acontecimientos cuya realidad es dispersada a través de varios niveles en una estructura de múltiples capas (p. 123).  

El historiador, al hacer uso de estos recursos de tramado le suman significados literarios. Si pretende dar sentido a su discurso, deberá ordenar cronológicamente y sintácticamente los acontecimientos pasados. Pero estos deberán ser estructurados, tramados, para lograr coherencia y significado, sin que esto suponga mancillar el orden cronológico. En suma, deberá decidir qué subordinar y qué enfatizar. Si los acontecimientos solo fueran ordenados cronológicamente sería la forma pura de la crónica, una crónica carente de sentido y significado. El uso del lenguaje figurativo es necesario para convertir en familiar lo extraño y transformar el pasado misterioso en comprensible (White, 2003). 

La literatura como fuente historiográfica.

Otro punto de extrema relevancia en la estrecha relación de ambos campos es el de la función de obras literarias como fuentes historiográficas, que, incluso, van más allá de los discursos propios de la historiografía. Estos pueden dar datos que el discurso historiográfico no se atreve, ya sea por búsqueda de intereses o que simplemente consideró irrelevantes. Estas obras descubren verdades omitidas en la historiografía. En ambos campos, el objeto en el cual se basan es el mismo, el pasado.

Existen obras escritas que logran convertirse en un referente para la historiografía. A pesar de que hay obras de calidad histórica, suelen ser desestimadas por críticos e historiadores, asocian la literatura a la "mentira" o "ficción". Sin embargo, estos críticos no han profundizado en la naturaleza de la literatura. 

Alfonso Reyes afirma que no hay literatura en estado de pureza, ni historiografía límpida. [...]. Ya sea que la literatura ficcionalice temas históricos, o la disciplina histórica tome el estilo y recurra al imaginario para construir la narración, ambas disciplinas se articulan y han encontrado la comunión para poderse manifestar; incluso, la literatura constituye el espejo de verdades profundas (Jiménez, 2020, p. 201). 

Además, cabe resaltar que parte de lo analizado por la historiografía es, precisamente, datos vividos, interpretados y escritos en obras literarias, sino, entonces ¿de dónde sacarían sus datos?

La literatura también se ha servido de documentos y archivos históricos para reconstruir historias, desde las cartas, que se convierten en testimonios para escribir la biografía de un individuo, hasta las actas y documentos, que se encuentran en los archivos de la nación, y las entrevistas, que se recogen para comprender el desarrollo de ciertos momentos. 

Al igual que el historiador, que no solo recauda documentos y los reescribe de manera cronológica, sino que se vale de la imaginación para completar el ejercicio histórico y dar sentido a lo que parezca inconexo, el literato cumple con el compromiso histórico al documentarse para cargar de sentido la ficción con temas históricos (Jiménez, 2020, pp. 203-204).

Investigadores españoles han mostrado su interés en este tipo de literatura que muestra en su narración intenciones históricas con un estilo literario que es el que mejor accede a expresar las verdades profundas y permite ver otra forma de hacer historia, en el cual el medio para ser referida es la literatura, debido a la vena artística de los escritores (Jiménez, 2020). La obra "Historia general de las cosas de Nueva España" de Bernardino de Sahagún, se consideró por la disciplina histórica como un texto propio de la historiografía, pero posteriormente, estudiosos alemanes dieron cuenta de su estética narrativa y el estilo poético, lo cual llevó a que se considerase más propia de la literatura. Este tipo de obras narran los acontecimientos que la historia oficial dejó relegada a la historia oculta y profunda de los pueblos, esto al generalizar o centrarse en el país, es entonces, que estas obras son de gran valor para la historia de estos.

Otras obras que han servido de fuentes fiables para la historiografía son: Cartucho –1931– y Apuntes sobre la vida militar de Francisco Villa –1940– de Nellie Campobello, Tropa vieja –1937– de Francisco Urquizo, Los recuerdos del porvenir –1963– de Elena Garro, e incluso Balun Canán –1957– de Rosario Castellanos (Jiménez, 2020).


Conclusión.

Como se ha podido notar, existen varios aspectos relevantes que relacionan muy estrechamente ambas disciplinas. Sin embargo, la polémica continúa, considero que el punto principal es porque algunos historiadores consideran que se “rebaja” su labor al ser comparada con la literatura. Esto, en mi forma de verlo, no sería de esta manera, no por aceptar que se usan los mismos elementos[2] se quitaría seriedad al estudio de la historia. Respecto a esto, White (2003) menciona que si los historiadores reconocieran estos elementos ficcionales en su narrativa no supondría una degradación de la historiografía. Sino que sería un remedio a la tendencia de los historiadores a ser presa de presupuestos ideológicos que no se reconocen como tales, sino que los indican como "correctos". El reconocimiento del elemento literario llevaría la enseñanza de la historiografía a un nivel de autoconciencia más elevado. Y concluye: 

En mi opinión, la historia es una disciplina en mal estado hoy en día porque ha perdido de vista sus orígenes en la imaginación literaria. En aras de parecer científica y objetiva, se ha reprimido y se ha negado a sí misma su propia y principal fuente de fuerza y renovación. Al volver a poner en contacto a la historiografía con sus fundamentos literarios no deberíamos estar poniéndonos en guardia contra distorsiones meramente ideológicas; deberíamos estar en el camino de alcanzar esa «teoría» de la historia sin la que ésta no puede en absoluto pretender ser una «disciplina» (p. 139).

El historiador, pues, tiene una labor importantísima para la sociedad, la labor de decir qué ha pasado, cómo ocurrió y cómo podría ser interpretado por la sociedad en la que es parte. Es decir, que tiene la responsabilidad de cómo nos cuenta la historia, puesto que la sociedad de forma a través de ella para justificar el presente y para saber hacia dónde pretende llegar. Para ello, se utilizan los elementos propios de la literatura, construyendo tramados y dotando de un tono a la historia, de este modo, un país, una sociedad, podrá forjarse de un modo, o de otro, según cómo le hayan contado sus acontecimientos del pasado.


Referencias.

Literatura | Diccionario del español de México. (s/f). Recuperado el 26 de noviembre de 2023, de https://dem.colmex.mx/ver/literatura

Jiménez, D. E. C. (2020). Historiografía y literatura: Algunas consideraciones acerca de la literatura escrita por testimonios de hechos históricos. Poligramas, 51, Article 51. https://doi.org/10.25100/poligramas.v0i51.10896

Orellana, R. C. (2010). Michel de Certeau: Historia y ficción. Ingenium: Revista electrónica de pensamiento moderno y metodología en historia de las ideas, 4, 107–124. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=3611823

Sossa Rojas, A. (2011). Análisis desde Michel Foucault referentes al cuerpo, la belleza física y el consumo. Polis. Revista Latinoamericana, 28, Article 28. https://journals.openedition.org/polis/1417?lang=fr

White, H. (2003). El texto histórico como artefacto literario (Ediciones Paidós). I.C.E. de la Universidad Autónoma de Barcelona.


Notas

1. White considera los tramados como la codificación de los hechos históricos como componentes específicos de estructuras de trama,

por ejemplo: la trama trágica, cómica o novelesca, dotando así, de una trama a los acontecimientos.

2.   Tales como la subjetividad, la metáfora, el lenguaje figurativo, el tramado, entre otros.



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